16 de agosto de 2011

Tomates que saben a... nada

Sevilla | El país .- ¿Quién no ha sentido alguna vez rabia interior en la cocina después de comprobar que un tomate sabe a... nada? La triste respuesta es la consecuencia de la degradación de la calidad de las hortalizas y las frutas durante los últimos años. Es alarmante carencia de sabor, especialmente notable en las ciudades y sus supermercados, está justificada por las grandes cadenas de distribución como el peaje que conlleva que las verduras tengan un color y forma de libro y permanezcan frescas durante más días. Ante este deterioro de la calidad, muchos consumidores y agricultores dijeron basta y se han organizado para que las semillas tradicionales se impongan a las híbridas y así recuperar ese maltratado sentido del gusto.

Hay movimientos como el slow food y las redes de semillas desde hace décadas, pero recientemente los casos que reclaman una soberanía alimentaria (productores de un territorio organizados) se multiplican. "Preservar los pepinos de mi abuelo o los pimientos de mi tío es un tema muy romántico. Conservar una semilla es un desfile de conocimiento (...) Igual que Mercadona ha reventado los mercados de abastos, el mercado destrozará a Mercadona... Porque la gente está harta de comer porquerías", vaticina Jaime García, ingeniero de montes que coordina a 40 agricultores de la Serranía de Ronda (Málaga) en un proyecto para recuperar las variedades locales. Y de paso dinamizar la economía agraria y ganadera locales, tan dañadas por la crisis.

La biodiversidad agrícola se ha visto mermada en el último siglo de manera alarmante y los cultivos son cada vez más homogéneos. Porque existen bancos públicos de semillas de conservación, pero la riqueza que antaño atesoraba la tierra, se está perdiendo a pasos agigantados. "Si mantenemos las catedrales ¿Por qué no se defienden las semillas? No es un planteamiento catastrofista, es realismo", censura García. El proyecto rondeño, pendiente de una subvención de 120.000 euros de Bruselas para materializarse, incluye agricultores, pero también apicultores y ganaderos, conectados gracias a la "alimentación de kilómetro cero". Estas iniciativas buscan romper la dinámica de un mercado donde los agricultores son rehenes de corporaciones que les venden las semillas a precios disparados. Basta un solo ejemplo: el precio medio de un kilo de semillas de tomates (54.000 euros) supera al del oro.

Georgina Richmond es voluntaria del proyecto rondeño y seduce a los agricultores de las bondades del intercambio de semillas locales al margen del mercado. "El pero rondeño está casi perdido. Se trata de concienciar a los agricultores para intercambiar las semillas autóctonas", ilustra.

La diferencia es en ocasiones abrumadora: melones de tipo coca, piel de sapo, amarillo y blanco de Tarifa. Son los tipos de melón que Paula López servirá en septiembre junto a su socio Joaquín Moral en su huerta sevillana Con los pies en la tierra, a pesar de contar con solo 7.000 metros cuadrados. Una treintena de consumidores urbanos reciben sus productos en una cesta de siete kilos y con seis productos al precio de diez euros.

Eduardo Gutiérrez optó por comprar la ecocesta cuando vio que recuperar los sabores de antaño no eran una quimera. "Por fin he vuelto a saborear un tomate como en mi niñez. Eso del precio alto en los productos ecológicos, cuando son de temporada, es un mito", dice. El secreto, que no es tal, son las semillas tradicionales, escogidas con mimo. "El grueso de las semillas las sacamos de La Verde, donde estuve trabajando", describe López, que subraya la apuesta de ubicarse a las afueras de Sevilla, en una zona con huertas en proceso de recalificación urbanística.

Desde hace 26 años, La Verde es un clásico entre las cooperativas andaluzas más inquietas. Sirven a unos 300 consumidores, comedores escolares públicos y cocineros preocupados por la calidad del género que sirven, y que acuden buscando productos como la zanahoria morada y el tomate roteño. Cada año, los seis socios reciben una decena de universitarios españoles y británicos que estudian la recuperación de las semillas que llevan a cabo.

A pesar de que movimientos como la Red Andaluza de Semillas funcionan desde 2003, las Administraciones se han limitado a subvencionar proyectos puntuales a través de los fondos sociales europeos o la Fundación Biodiversidad del Ministerio de Medio Ambiente. La Junta ha contemplado desde la barrera el rescate de las semillas tradicionales desde el ámbito rural aliado con el universitario (biólogos e ingenieros agrónomos preocupados por la degradación de los cultivos).

Mientras que los programas públicos de conservación de la ganadería llevan años de recorrido, las semillas han sido ignoradas. "El mundo de los cultivos hortícolas es muchísimo más extenso. Es un tema muy complejo que hemos retomado hace un año y a finales de este año presentaremos un documento recopilatorio con las ideas para un desarrollo normativo pendiente", admite Judith Anda, directora general de Producción Agrícola y Ganadera de la Junta.

Para que las verduras se mantengan frescas durante más tiempo y la exportación sea una opción para muchos agricultores, estos se ven obligados a utilizar herbicidas y ciertas semillas que a su vez sobrevivan a los herbicidas. En definitiva, un bucle en el que la falta de rentabilidad les atrapa entre las semillas que les ofrecen las empresas y lo que el consumidor demanda. "Hay muchísima preocupación ante la pérdida de semillas que ya no se encuentran. Además, le hemos pedido a la Junta unas medidas porque las semillas transgénicas son una amenaza para la agricultura ecológica, una enseña de Andalucía", señala José Manuel Benítez, de la asociación Coag. En Aragón, la inmensa mayoría de los agricultores que cultivaban maíz ecológico han tenido que abandonarlo porque sus cultivos se han contaminado de los cultivos transgénicos, recuerda Benítez.

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